L’any 2023, Guimerà va esdevenir escenari fictici (2023, COM LA TOSCANA) d’una sèrie de televisió Doctor Death del gènere que anomenem en l’actualitat true crime, on s’examina un crim real i es detallen les accions de les persones implicades. És allò que sempre havíem conegut amb el nom de ‘crònica negra’. Els més grans recordaran diaris dedicats a aquesta temàtica, l’emblemàtic El Caso, o programes molt més recents i d’actualitat a la televisió com Crims.
Doncs bé, fa més de 170 anys, Guimerà va esdevenir també escenari, aquest cop real, d’uns fets força escabrosos.
L’Antonio Gilabert de ca l’Aiguadé, va trobar la noticia d’aquests fets en el llibre HISTORIA DE LAS ESCUADRAS DE CATALUÑA. Su origen, sus proezas, sus vicisitudes. Intercalada con la vida y hechos de los más célebres ladrones y bandoleros, de D. José Ortega y Espinós.
La idea inicial era la de resumir la història en aquesta entrada, però segons anava llegint, vaig quedar completament atrapat per la narrativa dels fets, així que prefereixo posar a continuació l’article complet.
Queda clar que eren altres temps i això de deixar el misteri fins al final, els girs de guió… encara no es portava. En el títol, l’autor ens fa espòiler de tot el que va passar, no deixa res a la imaginació: SECUESTRO Y ASESINATO DE D. JOSÉ FERRÉ, VECINO DE BELLTALL, CUYO CADÁVER FUÉ DEVORADO POR LAS FIERAS.
Queda clar, oi? Això sí, val la pena llegir aquesta història per saber com es van desenvolupar aquests esdeveniments macabres.
Hem intercalat diversa informació que hem recopilat, com el lloc on es va produir dit segrest, el Muró, en el trajecte entre Verdú i la Portella. I també una especulació sobre quina podria ser la ‘cova’ en una zona boscosa de Guimerà, que es menciona en el relat.
Jordi Sender, Antoni Gilabert
SECUESTRO Y ASESINATO DE D. JOSÉ FERRÉ, VECINO DE BELLTALL, CUYO CADÁVER FUÉ DEVORADO POR LAS FIERAS.
I
Francisco Roselló (a) Cabalé, natural de Guimerá, era un sujeto de unos treinta cinco años en la época de los sucesos que vamos a referir (1848). Vivía en el mismo pueblo de su naturaleza, en donde gozaba de la mayor reputación y buena fama. Era devoto y caritativo, acompañaba siempre el santo Viático, frecuentaba todos los días el templo del Señor, en donde se le veía arrodillado orando muy compungido y devoto. El día 26 de setiembre, nuestro devoto, tenía en su casa unos amigos, cuyos nombres eran el terror y espanto del país. Habían entrado de noche por una puerta falsa que comunicaba con el campo. Oigamos su conversación, y nos convenceremos de que el tal Roselló no era más que un hombre vil y asesino, que quería cubrir sus maldades con la capa de la hipocresía más refinada.
── Os digo, decía Roselló, que positivamente sé que podremos cogerle el día dos de octubre a su regreso de Verdú.
── ¿Cómo has podido averiguar eso?
── Pues ¿acaso no soy yo conocido de José Ferré y de toda su familia? Me hallaba presente en el pueblo de Belltall en el momento en que Ferré se despedía de su familia para marcharse a Verdú, y pude muy bien enterarme del día fijo de su regreso.
── Vamos, que eres un hombre de mucho provecho para nuestro oficio. Quedamos todos citados para dicho día dos, en el punto llamado el Muro, termino de Verdú.
Muró, ubicació al municipi de Verdú
── No faltaremos, dijeron los demás amigos de Roselló.
He ahí los nombres de dichos amigos: Ramon Costa (a) Corona, capitán de ladrones, Antonio Sans (a) Cano, natural de Guimera, Francisco Mata, Antonio Monné (a) Pardalet, Roque Solé (a) Boté, Pablo Isern, Antonio Bernat (a) Gravat de Vallbona y Juan Chinchó. Todos esos pertenecían a la cuadrilla de malhechores capitaneada por el expresado Corona. Roselló era también individuo de la misma, con la particularidad, que después de haber preparado y tomado parte en los robos y asesinatos de la cuadrilla, se volvía a su pueblo, en donde con su hipocresía y fingidos actos de devoción, encubría sus maldades y delitos. Realmente el hipócrita Rosello. no se había equivocado en lo que había dicho respecto al regreso del desgraciado Ferré. El día dos de octubre del expresado año 1848, a la caída de la tarde, Roselló regresaba con su ganado desde Verdú en dirección a Belltall. Al llegar al punto llamado el Muro, le pareció que oía el murmullo de algunas voces humanas que salían de un bosquecillo muy inmediato al camino. No se equivocaba, era el bandido Corona que, como capitán de la cuadrilla, daba sus últimas disposiciones, cuyas consecuencias tan fatales debían ser para el desgraciado Ferré.
── Seguidme, decía, vosotros dos, Cano y Mata pues para coger a un hombre somos de sobras. Vosotros quedaos aquí prevenidos por lo que pudiese suceder.
Entre tanto Ferré había llegado a la parte del camino que linda con dicho bosquecillo, estando por lo mismo a cuatro pasos de los bandidos. Saltan de improviso los tres ladrones ya citados y se arrojan sobre el indefenso Ferré, lo derriban en el suelo y le aturden con algunos golpes. En seguida le apuntan sus carabinas, intimándole que iba a morir al menor movimiento que hiciera. ¿Qué resistencia podía oponer un hombre solo desarmado contra tres decididos y armados? La víctima fue atada y conducida a un bosque muy sombrío, situado en el término de Guimerá. Allí se le hizo escribir una carta a su familia, en la cual se pedían ciento cincuenta onzas en oro para su rescate, amenazándola con la muerte del preso, caso que dicha cantidad no fuese entregada en el día, hora y lugar que en la misma se designaba. Después hicieron entrar al cautivo en una cueva húmeda y fría, teniéndole siempre atado y amenazándole con la muerte a cada momento. La familia de Ferré no era tan acomodada, que tuviese a la mano la cantidad que le pedían, así es, que dijeron a los portadores de la carta, que lo fueron el mismo Roselló y Roque Solé, que harían lodo lo posible para reunir dicha cantidad, que interín les suplicaban que se interesasen con los bandidos a fin de que no maltratasen al preso, y esperasen el resultado de sus activas diligencias. En esto el sub-cabo de la subdivisión de San Martin de Maldá, D. Juan Martí, después cabo de la ESCUADRA de Arbós, habiendo tenido noticia de tan desagradable suceso, se había puesto en movimiento con Ios mozos de su mando, con aquel celo y actividad que tanto les distingue. Los bandidos sabían que dicho sub-cabo tenía mucho prestigio en el país, que contaba en el con numerosísimos confidentes, y por consiguiente, temieron que si no precipitaban el negocio, sería fácil que fuesen descubiertos y rescatado el preso antes de pagar la cantidad. Como por otra parte algunos de la cuadrilla a más de Roselló, no eran tenidos por bandidos, sino que vivían en sus casas, confundidos con los demás vecinos honrados, así es, que a estos, les pesaba mucho el tener el negocio pendiente, puesto que les obligaba a ocuparse de la custodia del preso, y de las gestiones para el cobro de la cantidad pedida por su rescate. En esto Rosello sugirió la idea de matar al preso, y proseguir las gestiones con la familia como si realmente aquel existiera.
En el document CONTRIBUCIÓ AL CATÀLEG ESPELEOLÒGIC DE L ÚRGELL (Gener Aymamí – Jordi de Valles) es fa un inventari de 21 cavitats de la comarca. N’hi ha 3 properes a Guimerà, una a tocar del lloc on es van produir els fets. Però com l’autor ens indica que la dita cova era dins el municipi de Guimerà, hem seleccionat la número 7 com la més probable. Això sí, volem deixar clar que estem especulant a partir de la poca informació disponible.
── De este modo, añadió, lograremos nuestro objeto sin exponernos a perderlo todo. Porque no debiendo guardar al preso, cada uno se dirigirá a su lugar, quedando dos solamente para vigilar el punto en que se nos debe entregar el dinero.
── Tiene razón, dijeron los otros, quedando desde aquel momento decretada la muerte del infeliz Ferré.
Cuatro días habían transcurrido desde el día en que este desgraciado había caído en manos de aquellos hombres sin entrañas ni corazón. Abatido por la falta de alimentos, castigos y amenazas que se le hacían a todas horas, estaba el infeliz acurrucado en un rincón de la cueva, cuando Corona le tocó por el hombro y le dijo:
── Levántate, que debemos partir.
── Debo deciros que estoy tan débil y extenuado que no me siento con fuerzas para seguiros si la jornada ha de ser algo larga.
── No tengas cuidado: debemos andar poco y luego ya descansarás para siempre.
── ¿Me queréis matar?
── Sigue, y lo verás.
── Por Dios, tened piedad de mí y de mi desgraciada familia.
── Sigue, y acabemos de una vez.
Entonces el desgraciado Ferré se levantó con bastante trabajo, ayudado por sus mismos verdugos, y siguió conducido en medio de ellos fuertemente atado. Solamente Corona y otro bandido le acompañaban. Caminaron por espacio de una hora, cuando el preso sintió que sus fuerzas le abandonaban enteramente.
── No puedo andar más, dijo suspirando.
── Lo mismo da, dijo Corona, tan espeso y sombrío es el bosque en este punto como a poca distancia más.
Diciendo esto dio un silbido, que luego fue contestado por otro. Silbó otra vez, y a poco se les reunieron los demás bandidos. Ferré se había apoyado al tronco de una robusta encina. Los bandidos conferenciaron un momento entre sí, y luego dirigiéndose al preso le dijo Corona:
── Debes morir…
── ¡¡Piedad!!… Ya mi familia pagará el dinero.
── Es tarde: no hay remedio, debes morir.
── ¡Tened compasión de mi esposa, de mis hijos!…
── No hay piedad ni compasión.
── ¡¡Fuego!!…
Dos bandidos dispararon a quema-ropa sus pistolas en el pecho y cabeza del desgraciado Ferré. Cayo éste medio muerto, y entonces casi todos los de la cuadrilla se cebaron en la víctima, cosiéndola a puñaladas. Antes de consumar su delito, habían obligado a Ferré a escribir una carta a su familia, cuyo contenido se reducía a encargarles con toda eficacia el que enviasen las ciento cincuenta onzas cuanto antes en el punto indicado en las anteriores y con las prevenciones que en las mismas se les hacían. A esta carta hicieron poner una fecha adelantada. El cadáver de Ferré quedó allí insepulto y abandonado. Los bandidos se dispersaron quedando dos encargados de hacer entregar la ultima carta de Ferré a la familia, caso que no hubiese entregado el dinero en el día de la fecha de la carta, y otros dos se encargaron de pasar a recoger la cantidad.
II
LAS FIERAS DEL BOSQUE DEVORAN EL CADÁVER: CASTIGO DE LOS MALVADOS
Han pasado once días, después de la horrorosa escena que acabamos de referir. La familia Ferré acaba de reunir, haciendo grandes sacrificios, las ciento cincuenta onzas de oro, que deben servir para rescatar a la cabeza de la misma, al padre querido, al esposo idolatrado. Era la tarde del día 16 de octubre del año 1848. Una mujer con un pañuelo negro en la cabeza y otro blanco en la mano, llevando a más un cesto bastante pesado debajo del brazo, sale del pueblo de Belltall en direccional punto llamado el Muro, término de Verdú. En dicho punto, y escondidos dentro de unas matas, veíanse dos hombres sentados en tierra, devorando con sus miradas todo el trecho de camino que podían en dirección a Belltall. Cualquiera que viniendo por aquella parte hubiese chocado con la mirada de aquellos cuatro ojos que, cual carbunclos, relucían por entre las malezas, hubiera retrocedido, pensando que eran dos fieras feroces y hambrientas que le acechaban para devorarle. Entre tanto la mujer seguía su camino, agitando de cuando en cuando, con mucho disimulo, el pañuelo que llevaba en la mano. Al llegar a un cuarto de hora de distancia del punto donde estaban atisbando los dos hombres, se detiene, pone la pesada cesta en tierra, se quita el pañuelo de la cabeza y coloca en la misma el otro pañuelo negro que llevaban en la mano. En esto uno de los dos hombres escondidos le dice al otro:
── ¿No ves, si es la que esperamos?
── Realmente, no puede ser otra, y confieso que tienes mejor vista que yo.
── Levantémonos y hagamos la contraseña convenida.
── Detente… ¿No ves un hombre que va corriendo como un galgo, hacia la mujer?
── Efectivamente.
── ¿Qué importa? Salgamos, somos dos, tenemos nuestros puñales y pistolas…
── Tienes razón; pero calla… me parece que es un mozo de las ESCUADRAS disfrazado.
── Estamos perdidos si realmente es así.
── Ya está cerca de la mujer… Ya la habla…
── Y ella se marcha con él…
── Embistamos…
── No, que es un mozo, y nos tendrán tendida una emboscada.
── Tienes razón. Huyamos. Todo se ha perdido. ¡Que lástima! !Ahora que casi lo tocábamos!…
He aquí lo que había sucedido. En aquel mismo día el alcalde y ayuntamiento de Guimerá habían recibido aviso por medio de un cazador de que en el bosque yacía el cadáver de un hombre horriblemente mutilado y devorado por las fieras. Dicho alcalde y ayuntamiento se habían trasladado en el punto indicado, acompañados de varios vecinos de Guimerá, entre ellos el hipócrita Roselló. Al llegar a dicho punto ¡qué horror! Se presentó a su vista el cadáver de un ser humano horrorosamente mutilado.
── ¡Las fieras lo han devorado! dijo Roselló.
Mas habiéndole examinado cuidadosamente, hubieron de advertir que realmente aquel hombre había sido devorado por las fieras, especialmente por los lobos muy abundantes en aquel bosque, pero que antes había sido asesinado por otros lobos, de pistola y puñal. Después examinando los restos de sus rasgados vestidos exclamaron todos:
── ¡Es el cadáver del desgraciado Ferrer!
── ¡Qué infamia!, exclamó entonces el fingido Roselló. ¡Qué pecado tan horrendo e imperdonable!… Y ¿cómo la tierra no se traga a unos monstruos semejantes?
En esto había llegado allí el valiente sub-cabo ya expresado Juan Martí, quien sin hacer caso de las exclamaciones de Roselló, lo primero que hizo fue mandar dos mozos a la familia de Ferrer para prevenirles del caso, a fin de que suspendiesen toda sugestión con los bandidos. Dichos mozos llegaron volando a la casa. Enteraron a la familia de lo que pasaba, pero ya había salido la mujer con las ciento cincuenta onzas para entregarlas a la canalla, según lo convenido. Entonces, uno de los mozos, muy ligero y andarín, cambió sus vestidos para no llamar la atención, y salió volando al encuentro de la mujer a fin de salvar, a lo menos, el dinero, ya que desgraciadamente no se había podido salvar a la persona. Ya han visto nuestros lectores como se fue en un tris el que la cantidad no hubiese pasado a manos de los malvados. Entre tanto la justicia de Guimerá había trasladado los restos mortales de Ferrer a dicho pueblo, y había dispuesto que se celebrasen los funerales para el eterno descanso de su alma. Roselló asistió a dichos funerales, distribuyendo candelas y orando con suma devoción, pero a pesar de esto el sub-cabo y los mozos ya recelaban y lo tenían en mal concepto.
Pero como era tan astuto y precavido, y por otra parte con su fingida devoción había adquirido y gozaba de tan gran fama de hombre de bien, que era muy arriesgado el prenderle sin tener alguna prueba de sus crímenes y delitos. Mas como las Escuadras son tan constantes y tenaces en la persecución de los malvados y en el descubrimiento de los delincuentes, el dicho cabo en el año 1850, determinó practicar un registro en la casa de dicho Roselló. ¡Oh providencia divina! en dicho registro se encontró una cuerda ensangrentada.
── ¿Ves esa cuerda? Es la en que teníais atado al infeliz Ferrer! Por ella he venido, veo que no me han engañado.
A pesar de su descarado cinismo e hipocresía, Roselló no tuvo bastante serenidad para resistir una prueba tan manifiesta y evidente. Por su declaración se supo el nombre de los demás autores de aquel delito. Roselló fue condenado a presidio perpetuo. Ramon Costa (a) Corona, que como hemos visto, era el capitán de la cuadrilla, después de haberse frustrado el cobro de las ciento cincuenta onzas, y temiendo la persecución de los mozos, se dirigió a Tarragona. Era un hombre intrépido y emprendedor. Había servido en el ejército de Isabel II durante la guerra de los siete años, pero había desertado: después fue cogido y condenado a muerte por el consejo de guerra. Mas Costa había tenido bastante arrojo y fortuna para escaparse de en medio de su escolta que le conducía al patíbulo. Una vez llegado a Tarragona, después del delito que dejamos referido, había tenido maña e influjo para ingresar en la guardia municipal de dicha ciudad. En ella servía en 1850, y acompañaba al inspector de instrucción primaria en la visita que estaba pasando en aquella provincia, cuando fue preso por el sub-cabo Juan Martí, y entregado a los tribunales que le condenaron a cadena perpetua. Otro de aquellos asesinos lo era Antonio Sans (a) Cano. Este se había refugiado a Barcelona, en cuya ciudad había logrado una plaza de loquero en el Hospital de Santa Cruz. Pero el celoso brigadier D. José Vivé comandante en aquel entonces de las Escuadras, hacía tiempo que lo buscaba, y como las Escuadras tarde o temprano dan con los malvados que buscan, así fue que dicho Sans fue cogido por el comandante y entregado a los tribunales, que le condenaron a cadena perpetua. Francisco Mata, cogido también por los mozos, fue condenado a 17 años de presidio. Antonio Monné (a) Pardalet, que era el dueño del terreno en que estaba situada la cueva en que tenían a Ferrer, fue preso también por los mozos y condenado por el tribunal a 17 años de presidio. A Roque Solé (a) Boté, se le encontró, en el acto de prenderle, el pantalón ensangrentado del infeliz Ferrer. También fueron capturados por las incansables Escuadras los demás cómplices y autores, a saber: Pablo Isern, Antonio Bernat y Juan Chinchó, que fueron condenados a 17 años de presidio.















































